En cada época nos encontramos con un arte nuevo- en el caso del ensayo de Ortega y Gasset el de las vanguardias- que nace y se distingue de lo tradicional según  un parametro estético que depende de la sociedad, de una sociología del arte.

Ortega y Gasset subraya el hecho de que el arte joven es, al comienzo, impopular: eso pasa porque tarda en conquistar la popularidad. Sin embargo, no siempre logra conquistarla. Mientras que las obras románticas del siglo XIX fueron las primeras desde la invención de la imprenta en obtener popularidad en masa y sólo una minoría de la sociedad se mantuvo anclada a las formas tradicionales, con el arte nuevo pasa justo lo contrario: la mayoría de la sociedad se mantiene al margen, lo rechaza porque no lo entiende. Es un arte para minorías artísticas.

Cada obra de arte posee un poder social de dividir la sociedad en dos partes divergentes: a los que le gusta la obra y a los que no.  Esto no obedece a ningún principio. Sin embargo, con el arte nuevo sí hay una división profunda y una razón para ésta: no está hecho para todo el mundo, como fue lo romántico, sino dirigido intrínsecamente a una minoría capaz de entenderlo.

Por esta razón la masa se siente ofendida por la violación de sus derechos de hombre porque no entiende al arte nuevo y esto da lugar al disgusto.

Según Ortega y Gasset ese bipartidismo social generado por el arte nuevo es necesario para que los hombres mejores puedan reconocerse en el gris de la muchedumbre y puedan ocupar el papel social de hombres egregios que les corresponde. El filósofo español hace notar como  pretender la igualdad entre todas las personas sería perpetrar una mentira y un hecho que se ponen delante de los ojos de todo el mundo todo los días: es decir, la intrínseca no igualdad entre ellas.

El hecho de que la masa no entienda al arte nuevo no quiere decir que los que, en cambio, lo entienden sean mejores sino sólo distintos.

¿Qué quiere decir la mayoría de las personas cuando afirma que una obra le <<gusta>>?  La respuesta para Ortega y Gasset es muy natural: a la masa le gusta una obra cuando puede reflejarse en las emociones que lo acontecimientos provocan en los personajes.

Advierte el filósofo que, sin embargo, este tipo de goce es incompatible con el goce puramente estético, aunque este último dependa de la realidad humana hecha de emociones. A este propósito hace un ejemplo:  un moribundo en una cama está a punto de morir y junto a él está su mujer, el médico, un periodista y un pintor. La realidad humana es la que todo el mundo entiende, es decir un hecho trágico. Hay, sin embargo, tantos puntos de vistas cuantos son los sujetos en la escena. Cada uno de éstos es auténtico y genera su auténtica realidad y la diferencia está en el grado de alejamiento emocional. La masa podría afirmar entender la obra- la escena en este caso- por identificarse con el dolor de la mujer del moribundo. No hay aquí ningún alejamiento emocional: la mujer sufre tanto como el enfermo. Si se analiza el médico ya hay cierto alejamiento, ya que no conoce al moribundo pero su trabajo le obliga a interesarse muy seriamente en lo que ocurre. El punto de vista del periodista es todavía más alejado porque  "finge" vivir las emociones por su trabajo, para dar una escena lo más realista posible que logre conmover a los lectores. Finalmente, con el pintor, se llega a un punto de vista completamente alejado de la realidad humana: pinta un suceso que observa de forma indiferente, está pintando una realidad deshumanizada.

Ortega y Gasset desvela la incomprensión generada por el burgués que, no comprendiendo al arte de las vanguardias, lo confunde y lo acusa de ser absurdo y sin sentido. Es, sin embargo, un tipo de placer estético inteligente que busca la estilización deshumanizante de la obra para que ésta sea lo más pura y objetiva posible.

El artista nuevo empieza donde acaba el hombre y, por lo tanto, la deshumanización del arte empieza donde acaba lo humano.

Redactado por Carlotta Orlandi

La disumanizzazione dell’arte nelle avanguardie secondo Ortega y Gasset